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El amor no nace en la cama

Durante la universidad pasé por lo menos un año obsesionado con una chica que, en tres clases que tomamos juntos, me dirigió la palabra una vez y fue para pedirme una pluma. Me avergüenza admitirlo, pero la realidad es que, al cabo de un par de semanas, me sabía su nombre, la prepa a la que había ido, su estatura y, por supuesto, su situación sentimental.

Por su parte, ella apenas si sabía mi nombre. Años después, le pedí su teléfono a un amigo en común, me eché tres tequilas para agarrar valor, le marqué, salimos a cenar y esa misma noche acabamos en su departamento, haciendo lo que durante un año me había imaginado en cien diferentes escenarios.
Cualquiera pensaría que, dada mi obsesión con dicha persona, acostarme con ella sería un momento inolvidable para recordar hasta el lecho de muerte.

En toda mi vida, jamás me había metido con alguien que me gustara así. Según todos los cálculos, esa visita a su departamento debería haber sido el principio de una relación próspera. Por desgracia, no fue así.

Salimos por poco más de dos meses y después fui yo el que terminó las cosas. ¿El motivo? Me había aburrido en la cena y eso, aunado al acostón durante la primera cita, me desalentó de manera irreversible. A partir de ahí, no pude volver a acumular el entusiasmo inicial.

Después de que mi supuesto "éxito" con la chica de mis sueños culminó en su departamento, concluí que nada bueno puede salir de saltarte todos los pasos durante el primer round.

Hasta la fecha, no sé como lo digieren las mujeres; sigo sin entender cuál es el consenso general respecto a esta enorme pregunta: ¿hasta dónde debo llegar en la primera cita? Lo que sí sé es que, salvo muy contadas excepciones, es raro que mi especie reaccione bien ante una primera cita que termina en la cama. Paradójicamente, algo del deseo se diluye, mientras que la cacería entendida, en el mejor de los términos, como el cortejo, pierde sentido.

El sexo nos distrae de otras cualidades; nos obliga a recordar el final de la cita, y nada más. En otras palabras: nos acordamos del sexo y olvidamos la conversación durante la cena. Si la personalidad de la chica no nos había atraído tanto, entonces la descartamos como posible pareja y la archivamos dentro del cajón de las "amigas con derechos"; si nos gustó lo que vimos fuera del departamento, es posible que lo olvidemos y juzguemos a la chica con base en su habilidad como amante.

Pero lo más importante es que, al obtener acceso sin restricciones, los hombres perdemos incentivos para echarle ganas. Lo que es fácil de conseguir no nos pica y, por lo tanto, no nos interesa ni saca lo mejor de nosotros: los detalles, las atenciones y, en general, el seguimiento a una primera cita que inicia una relación a largo plazo.

Al 98% de nosotros nos gusta cazar. Y casi todos salimos con una chica por primera vez precisamente para ver si podemos llevarla a la cama. Sólo decidimos entablar un noviazgo si en el camino encontramos que la relación puede llevar a algo más valioso, o más duradero, que un revolcón, sin importar que tan bueno sea. Lo cierto es que de la cama no suele nacer el amor; sino del trayecto que nos lleva hacia ella: el estira y afloja, los primeros besos, los mensajes de texto en la madrugada, las segunda y terceras citas.

Por supuesto que nada de eso importa si la chica en cuestión sólo quiere pasarla bien un viernes y, después, no volver a saber nada del tipo que la llevó a cenar. Si ese es el caso, despreocúpense. Finjan estar interesadísimas en nuestra conversación, ríanse y después invítennos a su casa. Si no hay esperanzas, la cosa se puede poner divertida. Siempre y cuando no les pase lo que me ocurrió a mi con mi Crush de universidad. Dicen que lo barato sale caro. Lo fácil también.

Revista Glamour. Año 14, Número 176, Octubre 2012.
Columna: Mateo dice.
Título original: Esa inolvidable primera vez.


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